Rimando con R.

Rojos tus labios, que arrojan rojas palabras,
ráfagas de vida coloreada de rabia, vergüenza y dolor.
Rojo anunciando peligro,
reafirmándose en avisos sin reparo,
rendiciones ridículas que repiten color.
Respuestas esquivas rodeadas de risas exageradas,
rigurosos rituales, remarcando rubor.
Rimas rotas arrancadas con rigor de mis rugosas raíces,
rodeando pensamientos arrítmicos,
ribeteadas de recuerdos llenos de retos color rubí,
reflejándose en robustas espinas tras las rosas regaladas
y siguiendo el rastro de tu rumbo,
retorcido tras el recodo resultante de tu rápido huír..

Día de bonitos recuerdos.

Para quien una vez ocupó el 200% de mi ser, para quien me enseñó todo lo que soy y aún así consiguió pulirme y hacer de mí una mejor persona, mostrándome como sonreírle a las penas, como sacar fuerzas de mi interior y borrar el odio de mi vida.
Para quien aunque se esté difuminando de mi vida su eco resuena a pesar de los años, para quien me enseñó que la perfección existía dándome su persona y me enseñó el Amor Verdadero, ese sin disfraz, sin mentiras, sin frenos ni porqués, ese sincero y puro que atraviesa piel y corazón, y roza la eternidad.

Porque hace más de un lustro que volaste y más de dos que aterrizaste pensando en quedarte. Por enseñarme todo de la vida aún cuando tú no sabes la lección.

Hoy mi post va por ti.

“Te quise, te quiero y sabes que siempre te querré”

“No hay dolor…”

Cristales bajo mis pies,
pequeños destellos cortantes,
curvos y transparentes.

Agujas sobre mi piel,
punzantes recuerdos
que arrancan
encarnados y tibios hilos
de mudo sosiego.

Tibia cera en mis dedos
y titilante llama en mi mirada,
velas que apuran su latente
suspiro de luz.

El eco de hirientes palabras
retumba en mi alma
mientras mi piel
destierra el dolor
que huyó hacia el corazón
para evitar su quebranto
por tu silencioso puñal.

Pedazos quebrados
de sueños no realizados,
sin dueño, sin duelo,
y sin aliento suficiente para

llevarlos a cabo…

Juguemos a escrutar los sonidos.

Un ladrido de perro al fondo rompe el sepulcral silencio de mi mañana, aún en total oscuridad me entretengo jugando a algo que hacía de pequeña: quedarme absolutamente quieta y empezar a pensar en mis piernas, en mis brazos, hasta dejar de sentirlos… luego imaginarlos en otras posturas, y sentirlos doblados, pegados, en alto… llegar a dejar de sentir mis dedos y no saber si tengo las manos abiertas o cerradas. Pensar que estoy en una balanza y no puedo moverme porque se desequilibraría y perdería, a ratos pensaba que era el juego, a ratos que era la vida, la cosa es que perdía…

Una explosión de sentidos al aparcar la vista, el tacto, el gusto, el olfato, se agudiza el oído. Juguemos a escrutar los sonidos, una puerta se cierra, una cafetera ahoga su gorgojeo mañanero en una casa que tal vez huela a tostadas y mermelada, puede que haya niños correteando, pero yo no los escucho, también se atisba algún que otro crujido extraño que no se definir, como crujidos de huesos dentro de las paredes. Nadie respira, se unen a mi juego.

Y sigo sintiéndome, o mejor no sintiéndome y dejándome sentir. Y noto que el techo desciende, pero que las paredes desaparecen, es la libertad bajo presión, curiosa sensación.

Olvido oscuros sentimientos, y solo me centro en la calma de mi cuerpo inmóvil, en la paz de la oscuridad y el silencio, respiro lentamente y me relajo.

Es una mañana de domingo como otra cualquiera.

Realidades.

Hay momentos en los que hasta la Luna
termina por caer de nuestro cielo…

Día gris.


Hay días en los que me levanto con una tonalidad gris prendida a mi piel, los colores desaparecen a mi paso, huyendo de mí tras intuir que repelo cualquier otro matiz. Esos días me levanto con silenciosos pensamientos que van del blanco al negro sin rozar otro color. Me miro al espejo sin sonreir, mis ojos han perdido brillo y aún así decido dejar el maquillaje sin tocar y alargar el día gris vistíendome con tonos muy neutros, que no altere mi momentanea naturaleza. Son días que opto por el mutismo de palabras y actos, días que no observaré el reloj ni pondré la radio.
Días pasivos, días grises y autómatas, sucesión de minutos y horas hasta que el Sol también se una a mi momento gris y deje de emitir esa la frívola luz que causa colores en espiral.
Hoy cualquier palabra será acerada, cualquier mirada optará por vestirse de mármol y no habrá más allá, porque hoy mi día es gris.

Carta abierta a mi corazón.

21 de Mayo de 2007

Querido corazón,

En primer lugar perdona por haberte tenido tan abandonado, desde que enfermaste decidí no hacerte mucho caso no fuese que dándote atención acabaras por romperte en mil pedazos. Ya sabes como soy, que pienso que lo que no se dice en voz alta no está pasando. Miedo tal vez, cobardía seguro.

Ahora he sabido que estás más tranquilo, que empiezas a recuperar el compás rítmico propio de los días tranquilos y me siento muy orgullosa de ti. Qué lejanos son aquellos días en que creías que llegarías a detener tus pasos. Ahora solo pierdes el ritmo cuando la cabeza (¿aún sigues sin hablarte con ella?), se empeña en revolver cosas del pasado o ve cosas que como siempre intenta ocultarte, disfrazándolas de imaginación, para no llevarte a la explosión. En el fondo se preocupa por ti, sabe que hay cosas que aún no sabes afrontar.

Sé que para ti no han pasado los años, que sigues igual que siempre, relleno del mismo nombre, aunque haya ido saltando entre ventrículos y aurículas pero sin salir de tu pequeña cavidad. Me conoces bien y sabes que ni sé ni quiero darle carpetazo a mis dolencias. Soy hipocondriaca y disfruto de ello aunque sé sabiamente cubrirme con una coraza de gran grosor que envidiarían las propias galápagos.

Intentaré mantener el contacto contigo con mayor asiduidad, aunque siempre he sido una dejada, pero no te olvido, quiero juntar el valor de poder mirarte de frente y llamar a cada cosa por su nombre, sin tapujos, que ya tengo una edad para no poner diminutivos y olvidarme de Sole, y de Lolita. Ya es hora de llamarlas Soledad y Dolor, así tal vez se sientan más intimidadas y terminen por abandonarte de una vez.

Siempre,
M.

PD. Dale saludos al estómago, sé que últimamente también ha estado enfermo, aunque extrañamente su causa sea solo vírica y no por esa manía infantil de copiar tus efectos retorciéndose para buscar mi atención.