Nostalgia.

A veces el viento me trae tu perfume…

Son segundos confusos,

de sonrisa en los labios,

de tristeza en los ojos,

de pirueta en el estómago

y mucha mucha nostalgia de la mezcla de nuestros olores…

Pero como viento que es, sigue su camino,
y con él todo pensamiento sobre ti.
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Tus pies.

El fetiche de tus pies.

Pies dormidos,
pies desenfundados.

Descalza y silenciosa,
sorteando mis miradas,
robas mis deseos
al ritmo de tus suaves talones.

Tus pies sobre mi pecho,
tus ojos en los míos,
caminas por mi cuerpo
y me rindo a cada paso
que das sobre mi piel.

Elevada en tus tacones
atraviesas mis pasillos,
llevándote mi aliento,
enredado a tu intenso perfume.

Hoy te deseo desnuda,
pero que tus pies
no abandonen mis zapatos.

Guerra a tus mentiras.

Me miras y me retuerces mentiras, introduces con forceps respuestas maquilladas de preguntas no escupidas por mis labios.

En el amor y en la guerra dicen que todo vale, y tus armas son voltear las mías, te advierto que eso funcionará hasta el mismo instante en el que me percate de tus avances, y en ese momento cerraré compuertas mientras observo con triste sonrisa tus falsos argumentos, mientras pago con silencio esas fábulas que salen como torrente de tu boca con la excusa de llegar a buena meta.

¿Tanto vale el fin para pisotear el sendero?

Ya te observo desde la calma que da la sabiduría, desde ese punto místico que da ver con claridad tus enrevesados métodos. Y mi sonrisa no se borra de mi cara, y te miro con la ternura con la que se mira a un niño mientras hace una travesura.

La lástima ya se ha afincado en mí.

Contrarreloj.

Algún extraño duende ha robado horas de mis días, me doy cuenta porque tan pronto amanece empieza a subir el Sol a una velocidad inusitada para luego descender precipitadamente recuperando los tonos anaranjados de poniente. ¿No eran estos días los más largos del año?

Las noches en cambio son extensas, cálidas, distintas. Cada día aguardo con pueril esperanza la sorpresa que traerá el ocaso. Frescas mezclas de ron, lima, azucar morena, hierbabuena y mucho hielo acompañan mis noches estivales. Se está convirtiendo en un verano corto, veloz… Agosto amenaza con no tener más de veinte días, de esos de casi veinte horas. Días que he de vivir intensamente o correrán en el calendario hasta llenar de hojas caducas mi suelo.

Sólo me faltas tú, tiempo escurridizo, sólo más minutos para compartir más días intensos.

Paranoias desde el ático.

Cuánto silencio…

A veces añoro el ruido constante de los pisos bajos, gritos, risas, la tele de los vecinos, pitas de coches y voces superponiendose a otras voces. Tal vez cuando vivía abajo era más cómodo visitarme, las escaleras dan mucha pereza a la gente, creo que sienten que pasan de un mundo a otro, y eso asusta, se tiene la cobarde costumbre de huir de los miedos en vez de enfrentarlos.
Desde aquí todo se ve con mayor claridad, se consigue una nitidez en mi mente y en mis ideas que nunca pensé que existiese, seguramente se deba a la ausencia de polución, estoy yo, la nada y tú. Sí, primero yo, luego la nada, y al fondo tú, como es mi ático me permito ponerme delante, a la mierda la educación. Y el silencio me ayuda a observarte, ¿cómo es que antes nunca te vi con tanta claridad? Hasta los espejos reflejan imágenes distintas, sin distorsión, claras, efímeras, verdaderas. Me he quitado al menos 3 dioptrías.

Me he comprado una escalera, es de madera y la he pintado de colores. Cuando el Sol empieza a despuntar me subo a ella, consiguiendo casi un par de metros más de altura, y disfruto hasta hacer brotar mis lágrimas por los rojos amaneceres. Lo ideal sería poner un tobogán al otro lado, pero temo tomar demasiado impulso y acabar en el subsuelo.

Tórtolas y palomas son mi banda sonora, el Sol mi única luz, salvo en las noches de Luna llena. Y mi mente, alimentada de sudokus, una psicosis prematura, pero que en vez de vivir de la imaginación, le sobrepasa la inmensa e intensa realidad.