Fuego entre tú y yo.


Quemas mi piel en cada leve roce con la tuya, tus caricias evaporan el sudor que en mí provocas y tus labios incandescentes recorren lentamente mi cuello, haciendo que ardan hasta mis pensamientos en los que tú eres mecha y pólvora, camino y destino.

Brasas bajo mis pies que siento como agujas de hielo a cada paso que doy hacia ti, que se avivan sólo intuyendo tu respiración acelerada acompasándose a la mía.

Fuego
en tus manos, en tu cuerpo y en tu piel, fuego que resurge y se alimenta de mi fuego, fuego que no se extingue sino que se hace llama con cada chispa que salta entre tú y yo.

Fuego, Agua, Aire, Tierra

Decepción.

Tengo la decepción adosada a mi espalda, sin piedad va girando cual serpiente, enredándose por mi pecho y escalando hasta anudarse en mi garganta. Angel que perdió sus alas y cuya voz abandonó la musicalidad, brillo que se tornó opaco con el peso de los días.
Se templó la tibieza de otros días, se escarchó mi corazón. Hoy tu nombre se vuelve gélido en mis labios que escupen las sílabas apartándolas rápidamente de ellos por simple indiferencia.
Eres el vacío que deja un chasquido lejano, el silencio de la oscuridad.

La nada.

Tierra entre mis dedos.

… Hoy desería que fueses tierra, barro suave entre mis dedos, dócil arcilla modelable entre mis húmedas manos al que dar formas nuevas en cada caricia que impregnase de tu aroma terroso mi piel. Pediría que tus huellas se quedasen marcadas para siempre en mis labios de piedra dejando constancia para la eternidad.

Desearía ser tierra entre tus manos de más tierra aún, que me llevases siempre en el fondo de tus bolsillos y en el vuelto de tu pantalón. Quedarme entre tu pelo y en los pliegues de tus codos. Tierra sobre ti, ser tierra. Y tú más tierra mezclándose, en el giro constante del torno de un alfarero, tierra tú y yo.



Tierra que levanta el aire y barre el agua