El hombre musical.

Tenía la música adherida al alma, con rítmica vehemencia dejaba que cada nota hollase en su piel, y no sabía dejar de aplicar ritmo ni al tamborileo de sus dedos.

Su corazón se adaptaba cual metrónomo a los ochenta latidos, ni uno más, ni uno menos; y cada cinco rigurosos latidos, sus pulmones tomaban aire para volver a comenzar el compás de su día a día.

Sus labios nunca llegaron a emitir ningún sonido a pesar de no tener ningún impedimento físico que lo evitase. Se decía de él que al tener todos los sonidos condensados en su interior, no había encontrado aún ninguno realmente destacable para elegir como obertura en su vida.

Paseaba lentamente por la ciudad cada tarde, y todos al cruzarse con él le regalaban sonrisas. Era mágico ver sus pasos perderse entre el gentío como si se deslizase por un pentagrama imaginario, esquivando blancas, negras, o traviesas corcheas que en su camino parecía encontrar.


La partitura de la vida llegó a su fin cuando una arritmia hizo que su corazón irónicamente perdiese el perfecto compás que siempre le había acompañado.
Durante días nadie fue capaz de proferir ningún signo de musicalidad; se dejaron aparcadas cuerdas, teclas, puas, arcos, sordinas y baquetas que lloraron silenciosas porque tampoco supieron encontrar las notas que expresasen la tristeza y el vacío que dejó la pérdida del hombre musical.

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Transparente.


No recordaba ya el momento en el que me había comenzado a desteñir. Mi piel pálida en extremo causaba comentarios de admiración y envidia. La fina porcelana de mi rostro les dejaba en la duda de si añadía a mi maquillaje polvos de arroz como las milenarias geishas o podía llegar a ser natural asemejarse a la Luna. Huyendo de mi pérdida progresiva de color buscaba cubrir mis labios con oscuro carmín pero éste se diluía retornando la palidez a mi boca. Mis ojos adquirían lentamente tonalidades acuosas y mi cabello se cubría prematuramente de canas que poco recordaban aquella melena azabache que lucía en el pasado… El espejo casi dejaba de reflejar mi imagen mientras los colores iban desprendiéndose de mí en bocanadas arcoíris, en estertores caleidoscópicos…
Las ideas brotaban transparentes sin decantarse por ninguna tonalidad, nada era blanco ni negro en mí, todo había perdido su color.

Navidad con otro color…


Caminaba con paso firme sobre mis altas botas entre el gentío sediento de compras navideñas.
Cuando creía que no era posible oír otra versión estridente de Jingle Bells, el establecimiento de turno lograba sorprenderme con el soniquete repetitivo de niños que imaginaba después con retortijones del empacho conseguido a base de dulces de navidad. Si mi paciencia para estas fechas tenía un límite este había sido sobrepasado dos centros comerciales más atrás.

De repente una mirada captó mi atención, sus ojos color miel observaban mi pasear nervioso de un escaparate a otro buscando inspiración divina para los regalos. Era un ayudante de Santa Claus, o al menos eso indicaba su vestimenta. Ataviado con traje verde de duende y una sonrisa arrebatadora, empaquetaba los regalos ante la atenta mirada de madres ávidas de cualquier emoción que les rompiese la rutina.

El rubor asomó a mis mejillas, porque supe en ese instante que en mi cara se leía mi aversión a la Navidad.

Decidí que tal vez sería momento de cambiar mi idea de esas fechas y me encaminé a su encuentro. En mi bolsa sólo había una caja con unos zapatos para mí de los que me había enamorado a modo de flechazo desde el escaparate.
Con decisión alargué mi brazo para darle la caja y que lo envolviese, y en mi mente sólo tenía comprar compulsivamente hasta conseguir que ese ayudante de Papá Noel me diese su teléfono…

Quiero.


Quiero tus besos escondidos en el envés de mi cuello,

los quiero en mis muñecas,
en mis tobillos,

que tus labios se dejen caer sutilmente por la curva de mi espalda

y se desborden en torrente por mi piel…

Tus palabras susurrantes en mi oído,

que repitas mi nombre y pierdas el aliento en el apremio de cada sílaba…

Quiero tus manos ansiosas enredadas en mis manos,
buscando zafarse hambrientas de entregar caricias,
tus piernas como lazos anundadas en mis piernas en placentera amalgama

y tus ojos clavados en los míos,
cuya su única libertad sea bajar a posarse en mi boca
para pedir más besos cargados de impaciencia y desorden