El globo, el cordel y yo.

Suavemente enrollado sobre si mismo, de pálido color crudo y tacto regio. Dos vueltas caprichosas sobre mi dedo indice y su largura cayendo al vacío escurriéndose desde la palma de mi mano.

En lo alto, compitiendo por alcanzar el Sol, un globo. Un globo cuya base retiene el cordel que retiene mi mano, que controla mis ansias, impidiendo hacer aún más amplia la distancia insalvable.

Deshago las vueltas en mi dedo deseando que el azar cree nudos que den un giro inesperado a este final escrito antes aún del comienzo. Y se escurre lentamente, marcando mi piel con su roce a modo de despedida, cada vez más largo el trozo de cordel que separa. El ascenso en cámara lenta se graba en mi retina y queda archivado en ese rincón donde guardo los momentos imborrables que sólo tienen sentido en mi corazón y a los que sólo yo doy valor.

El extremo de la cuerda termina por escapar de entre mis dedos y ya empiezo a añorar tener mi globo a un leve tirón de distancia.

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