Cartas de amor por encargo.


Ella siempre lo llevó en silencio. Lo que tendría que ser un orgullo, rozaba la clandestinidad en sus manos. Se sentía una versión de Cyrano de Bergerac trasladada cuatro siglos más tarde, declarando su amor a desconocidos por unas monedas… Sólo pedía que le contasen un poco de sus vidas y una foto para buscar algo de inspiración para su palabrerío que a veces se asemejaba al hechizo. De pluma fácil, enamoraba con sus palabras tanto a hombres como a mujeres, según el encargo, y no podía evitar formar parte de esos comienzos y sentir un punto de resquemor en la conciencia al saberse cómplice de tantas y tantas mentiras. Aunque tuvo muy claro que el amor que se construye sobre esos cimientos está condenado a no llegar nunca a buen puerto.

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El hombre musical.

Tenía la música adherida al alma, con rítmica vehemencia dejaba que cada nota hollase en su piel, y no sabía dejar de aplicar ritmo ni al tamborileo de sus dedos.

Su corazón se adaptaba cual metrónomo a los ochenta latidos, ni uno más, ni uno menos; y cada cinco rigurosos latidos, sus pulmones tomaban aire para volver a comenzar el compás de su día a día.

Sus labios nunca llegaron a emitir ningún sonido a pesar de no tener ningún impedimento físico que lo evitase. Se decía de él que al tener todos los sonidos condensados en su interior, no había encontrado aún ninguno realmente destacable para elegir como obertura en su vida.

Paseaba lentamente por la ciudad cada tarde, y todos al cruzarse con él le regalaban sonrisas. Era mágico ver sus pasos perderse entre el gentío como si se deslizase por un pentagrama imaginario, esquivando blancas, negras, o traviesas corcheas que en su camino parecía encontrar.


La partitura de la vida llegó a su fin cuando una arritmia hizo que su corazón irónicamente perdiese el perfecto compás que siempre le había acompañado.
Durante días nadie fue capaz de proferir ningún signo de musicalidad; se dejaron aparcadas cuerdas, teclas, puas, arcos, sordinas y baquetas que lloraron silenciosas porque tampoco supieron encontrar las notas que expresasen la tristeza y el vacío que dejó la pérdida del hombre musical.

Navidad con otro color…


Caminaba con paso firme sobre mis altas botas entre el gentío sediento de compras navideñas.
Cuando creía que no era posible oír otra versión estridente de Jingle Bells, el establecimiento de turno lograba sorprenderme con el soniquete repetitivo de niños que imaginaba después con retortijones del empacho conseguido a base de dulces de navidad. Si mi paciencia para estas fechas tenía un límite este había sido sobrepasado dos centros comerciales más atrás.

De repente una mirada captó mi atención, sus ojos color miel observaban mi pasear nervioso de un escaparate a otro buscando inspiración divina para los regalos. Era un ayudante de Santa Claus, o al menos eso indicaba su vestimenta. Ataviado con traje verde de duende y una sonrisa arrebatadora, empaquetaba los regalos ante la atenta mirada de madres ávidas de cualquier emoción que les rompiese la rutina.

El rubor asomó a mis mejillas, porque supe en ese instante que en mi cara se leía mi aversión a la Navidad.

Decidí que tal vez sería momento de cambiar mi idea de esas fechas y me encaminé a su encuentro. En mi bolsa sólo había una caja con unos zapatos para mí de los que me había enamorado a modo de flechazo desde el escaparate.
Con decisión alargué mi brazo para darle la caja y que lo envolviese, y en mi mente sólo tenía comprar compulsivamente hasta conseguir que ese ayudante de Papá Noel me diese su teléfono…

Venganza.

Siempre soñó verse en esa situación, y ahora llegado el momento le parecía una más de sus fantasías. La vida había puesto en bandeja lo que tantas veces entre lágrimas había deseado, su interés. Ahora ya carecía de sentido, pero notaba como una mezcla de poder e ira iba recorriendo su piel mientras sentía como, con absurda torpeza, buscaba cualquier pretexto para rozarle la mano o colocar la suya en su cintura.

Al final había resultado fácil atraerlo con una simple conjunción de rimmel, carmín y sonrisas de soslayo. Su simpleza le provocaba nauseas y aún así, notarlo tan entregado le daba un punto cómico a la situación. Le quedaba apenas una hora para concluir lo que años atrás había comenzado como un simple juego para él, el juego de destruir su corazón llenándola de palabras bonitas al otro lado de la red, sin ni siquiera plantearse que aquella promesa de un futuro a su lado, había sido como ácido en su corazón y que sus mentiras descorazonadas le habían imposibilitado para siempre en el amor.

Apenas una hora, lo que el tardase en acabarse aquel whisky del que ya apuraba los hielos…


Amor de balcón.


Cada día se despertaba con una sonrisa en los labios, se había acostumbrado a suplir la soledad de sus días con la ilusión que le brindaba observarla en sus mañanas. Él apuraba sus rutinas con rítmica puntualidad, sabía que hasta las 7.40 el despertador no la haría comenzar su día a día. Desayunaba observando el reloj, contando los segundos que faltaban para que se encendiese la luz de la ventana, para oír de lejos el rugir de sus persianas a las 7.42 como cada mañana.
Verla aparecer en el balcón con una taza humeante y la mirada perdida oteando la ciudad, eran los minutos más preciados del día.

Aunque nunca habían estado cerca el uno del otro sentía que ya conocía su perfume y hasta la tersura de su piel. Se sentía un ladrón de su belleza, y hasta a veces llegaba al sonrojo cuando imaginaba que sus miradas se cruzaban y ella levantaría su taza a modo de saludo… A veces fantaseaba con la idea de que se sabía observada y sólo seguía esas rutinas por el simple placer de regalarle esos momentos.

Algún día, se prometía, juntaría el valor suficiente para cruzar la calle y decirle “¿Compartimos un café o tal vez la vida entera?“.

Locura.

Tenías apariencia serena, pero tus ojos evitaron en todo momento posarse en los míos huyendo, tal vez, de encontrarse con la realidad.
El silencio sólo era roto por tus leves balbuceos y palabras incoherentes que aislaban aún más tus pensamientos.

Me resultabas impenetrable.

Por fin habías conseguido levantar el muro que siempre deseaste para que no cruzase nadie a tu mundo.

Tarareabas una melodía irreconocible y repetitiva mientras en tu mirada se reflejaba retazos de la infancia que estabas reviviendo en tu mente dispersa. Habías roto todas tus anclas con la cordura.

Dulce niña que perdió su cabeza.