La vida renace.

Me he vuelto madera, madera porosa,
tronco inerte cubierto de un sin fin de grietas imperceptibles
dónde se van colando lentamente tus palabras alimentando mi savia.

Piel áspera que exuda la humedad de un interior
con más vida de la que representan las ramas mustias
que mecen la cálida brisa..

Fortaleza y rigidez, energía silenciosa.

Verdes brotes que asoman tímidamente
empujando la vieja corteza que me cubre…

Y pierdo todo resto de viejos incendios,
las cenizas se precipitan hacia mis raices
retroalimentándome,
y la vida corre hasta la punta de cada una de mis hojas
y pasan a ser suaves gotas de rocío.

La vida renace.

Sin palabras.


Hoy sólo quiero tus silencios.
Quiero acurrucarme entre tus brazos y dejar que me adormezca tu respiración.
Que mis lágrimas empapen tu hombro y tu mano no suelte la mía. Hoy me sobran las palabras y sólo buscaré en tu mirada silencioso consuelo.

Te quiero a mi lado sin pedir explicaciones, te necesito de manera egoista, porque sí.
Abrazos y silencios.

Te vas…


Arrojaste la toalla.

Los días ya se te tornaban plomo en tus tobillos y un año en tu infierno dejó huella de una década. La distancia y soledad fue acallando tus latidos que sólo parecían un débil retumbo por no dejar solos los suyos, aún cuando no se quería ni a ella misma dentro de su piel.
Y ahora ella se fue, sin equipaje alguno, dejándote en tus manos, el peso muerto de su cuerpo, huyendo de si misma y de todos sus demonios, valiente hasta su último aliento. Con un único bagaje partió, los rescoldos de tus fuerzas y esperanzas frustradas.

Te vas y no sé anudarte a la vida, y me muerdo los labios por no decirte que te comprendo.

Cartas de amor por encargo.


Ella siempre lo llevó en silencio. Lo que tendría que ser un orgullo, rozaba la clandestinidad en sus manos. Se sentía una versión de Cyrano de Bergerac trasladada cuatro siglos más tarde, declarando su amor a desconocidos por unas monedas… Sólo pedía que le contasen un poco de sus vidas y una foto para buscar algo de inspiración para su palabrerío que a veces se asemejaba al hechizo. De pluma fácil, enamoraba con sus palabras tanto a hombres como a mujeres, según el encargo, y no podía evitar formar parte de esos comienzos y sentir un punto de resquemor en la conciencia al saberse cómplice de tantas y tantas mentiras. Aunque tuvo muy claro que el amor que se construye sobre esos cimientos está condenado a no llegar nunca a buen puerto.

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366 días en la estación.


Tiempo atrás quedaron aquellas buenas propuestas de año nuevo, ahora ya pasadas muchas primaveras y otros tantos veranos, me dedico tras cruzar la frontera del año, a mirar atrás y hacer balance sobre los 365, en este caso 366 días transcurridos.

Me he dado cuenta que éste ha sido un año de mucho movimiento, de grandes descubrimientos y alguna pérdida. Para mí quien se queda en el camino es que su paso no logró seguir el mío o tal vez, no buscaba seguir la misma dirección cuando parecían caminar a mi lado. A esas personas que desaparecieron por voluntad, por obligación o simplemente porque perdieron el rastro de mis huellas, les deseo lo mejor y que tal vez cuando detengan su andar y reflexionen vean que aún mi nombre puede sonar sin amargor en su boca.

Pero sobre todo he de hacer recuento de todas esas personas que han llegado a mi vida y se han hecho un hueco al aportarme tantas y tan buenas cosas. A veces nos acercamos a la estación solamente para ayudar con las maletas a subirse al tren a amigos, pero siempre se cruzan almas que nos dejan huella y nos invitan a compartir aunque sea el banco junto al andén. Trenes que se cruzan por azares del destino y tienen paradas sincronizadas con el tiempo justo de tomar un café y volver a partir, pero que dejan aroma aún cuando la distancia marca lo insalvable.

Espero otros 365 días sin que se apeen de mi vagón, y sigan señalándome por los cristales empañados todas esas cosas que mi vista no alcanza a ver.

Gracias por viajar a mi lado.

El hombre musical.

Tenía la música adherida al alma, con rítmica vehemencia dejaba que cada nota hollase en su piel, y no sabía dejar de aplicar ritmo ni al tamborileo de sus dedos.

Su corazón se adaptaba cual metrónomo a los ochenta latidos, ni uno más, ni uno menos; y cada cinco rigurosos latidos, sus pulmones tomaban aire para volver a comenzar el compás de su día a día.

Sus labios nunca llegaron a emitir ningún sonido a pesar de no tener ningún impedimento físico que lo evitase. Se decía de él que al tener todos los sonidos condensados en su interior, no había encontrado aún ninguno realmente destacable para elegir como obertura en su vida.

Paseaba lentamente por la ciudad cada tarde, y todos al cruzarse con él le regalaban sonrisas. Era mágico ver sus pasos perderse entre el gentío como si se deslizase por un pentagrama imaginario, esquivando blancas, negras, o traviesas corcheas que en su camino parecía encontrar.


La partitura de la vida llegó a su fin cuando una arritmia hizo que su corazón irónicamente perdiese el perfecto compás que siempre le había acompañado.
Durante días nadie fue capaz de proferir ningún signo de musicalidad; se dejaron aparcadas cuerdas, teclas, puas, arcos, sordinas y baquetas que lloraron silenciosas porque tampoco supieron encontrar las notas que expresasen la tristeza y el vacío que dejó la pérdida del hombre musical.

Transparente.


No recordaba ya el momento en el que me había comenzado a desteñir. Mi piel pálida en extremo causaba comentarios de admiración y envidia. La fina porcelana de mi rostro les dejaba en la duda de si añadía a mi maquillaje polvos de arroz como las milenarias geishas o podía llegar a ser natural asemejarse a la Luna. Huyendo de mi pérdida progresiva de color buscaba cubrir mis labios con oscuro carmín pero éste se diluía retornando la palidez a mi boca. Mis ojos adquirían lentamente tonalidades acuosas y mi cabello se cubría prematuramente de canas que poco recordaban aquella melena azabache que lucía en el pasado… El espejo casi dejaba de reflejar mi imagen mientras los colores iban desprendiéndose de mí en bocanadas arcoíris, en estertores caleidoscópicos…
Las ideas brotaban transparentes sin decantarse por ninguna tonalidad, nada era blanco ni negro en mí, todo había perdido su color.